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Cuando Alcón me habló de esto yo no cabía en mí de excitación porque obviamente le creía a pies juntillas eso de que me iba a morir y me parecía tan importante tomarle el pulso a la cuestión; Morir, así en una circunstancia tan rara, tan ajena como era esa extrañísima reunión de cerdos y búhos. Cómo iba a morir. Cómo.
Alcón llega y me da un beso. Y en eso me doy cuenta de que me había dejado una llave en la boca y me dice: ahora no hables ni te tragues eso. Quédate tranquilo y sígueme. Alcón y yo nos dirigimos al centro del barullo que a esas alturas tenía desiveles insoportables, la dura. Y Alcón de la nada se manda un grito de gallo pero de lo más elegante que dejó a todos callados y mirándolo.

Eso de que podemos cambiar, eso no es cierto. Eso lo ha dicho el cerdo más necio de todos nosotros. Somos lo que somos. Atentos porque ese cerdo que ya no está aquí entre nosotros no era más que un impostor por lo que todo lo que se ha hablado luego de que este trajera ese pensamiento a nuestras lenguas queda fuera del libro, pamplinas.

Y al unísono todos lanzaron un seco y positivo. Sí! Y luego comenzaron a comentar sobre dónde era que estaba el impostor porque había que hacerlo dar la cara y propinarle alguna fuerte consecuencia, como por ejemplo, que dejara para siempre de ser cerdo y que fuera todo menos uno. Y yo, de tonto, me quedé pensando y pensando y pensando en cuál era la lógica que todos ellos manejaban, qué era eso de que uno podía cambiar o no cambiar, cuál era la verdadera importancia que tenía todo eso, yo no lo sabía, estaba como en un sueño de jeroglíficos y la cara de Alcón era igual a la de un cerdo.