Capítulo III



Al despertarme de aquel sueño imposible, me encontraba yo encima de una cama tan blanca, de una consistencia de plumas tan suaves, de un aroma tan femenino y de flores dulces en una pieza blanca también.

Estaba vestido con un pijama rojo de felpa con algunos monos de colores, figuras de osos y algunas muñecas de trapo. Me quedaba un poco largo de brazos.

Era de mañana. El sol entraba por cada uno de los más de cuarenta pequeños tragaluces del parejo techo de madera.

Obviamente no sabía dónde estaba. Pero en realidad poco me importaba, estaba absorto en el sueño que había tenido, más precisamente en la mujer, más en ella que en nada, apenas sentía la suavidad que me rodeaba, porque el corazón lo tenía hinchado de un suspiro que en el fondo yo no dejaba que saliera. Quería volver a quedarme dormido para mirarla otra vez.

Estaba en eso cuando un disparo muy largo y silbante cortó el aire bastante cerca de donde me encontraba. Mi ropa estaba tirada en el suelo, me la puse encima del pijama y me fui por la puerta encontrándome con una escalera bastante estrecha y de peldaños peligrosamente estrechos también. Bajé comprendiendo que estaba todavía en la casa del actor y salí al exterior rápidamente (como sintiendo una excitación nueva), por la puerta de la cocina.

Entonces otro disparo y un grito de hombre que decía algo como Por Fin, Por Fin saturó el aire limpio de esa mañana impecable. Y luego de esto el galope sincero y veloz de Random llegó hasta a mis oídos, para luego aparecer en vivo y en directo el mismísimo Random montado por Absolutamente quien traía en sus manos un simple y hermoso conejo gris muerto de un disparo en la cabeza.

Este sí que era uno difícil- dijo entre risas y bajándose del caballo el bueno del actor.

Toma muchacho-me dijo pasándome las riendas de Random para que lo desensillara.

-¿Se ha levantado Alma?- me preguntó poniendo el conejo sobre un mesón de grueso mármol en la cocina.

-¿Alma?

-Sí, ¿ya se ha levantado?- y sin esperar mi respuesta, y sin reparar en mi cara de aturdimiento, ni en mi notorio sonrojamiento, salió de la cocina y subió sonoramente los estrechos peldaños de esa escalera.

En la cocina me quedé absorto sin poder recordar nada de lo que había sucedido después de quedarme dormido al dormirse la serpiente junto a la chimenea. Y para qué hablar de Alma. A Alma yo no la había visto desde aquel funesto día cuando mi vida se separó para siempre del pasado y todo se volvió de un colmo total. El día en que Vir se desplomó perdiendo la vida por causa mía. Y claro, yo estuve merodeando ese castillo más loco que cuerdo, cuando llovía el invierno más negro que pudiera yo recordar. Pero cuando enfrentaron mis ojos ese imperioso castillo de fábula, no sabía quién era quien vivía ahí.
La serpiente me habla del conejo con mucha sensualidad en lo que voy reflexionando sobre lo de Alma y el castillo. Me invita a cocinar el conejo. Me dice-ese conejo quiere sal. Por un momento pensé, sentí y creí que la serpiente podía ser una compañera formidable, a veces. Y me puse a faenar el conejo. Nunca lo había hecho antes. Pero la serpiente parecía haberlo hecho una millonada de veces porque me dirigía con suma precisión.
La cocina era de un brillo tan metálico que me parecía estar en una sala de operaciones. Decenas de utensilios de la misma clase llenaban los cajones. La serpiente estaba fascinada adivinando dónde era que estaba cada cosa y fascinada dándome órdenes de toda clase. Cuando finalmente puse al conejo en una extrañísima clase de horno eléctrico, la serpiente me da un beso en la cara. Yo no lo podía creer.