III $ IV



Yo no quiero ser feliz, para qué, no se trata de andar buscando la suma de las partes todo el tiempo, qué es eso de lo que hablan todos, qué esperan, se llenan la boca con la felicidad. No puedo decir que esto es mejor para mí o que esto me hace bien, o que debería dejar de hacer esto. No me interesa el camino. No quiero que nadie nunca se refiera a mi vida en términos de responsabilidad, de logros, de futuro. No quiero que me saquen de mi amnesia. Nunca he querido despertarme al lado de un marido. No quiero un niño que me diga mamá. Cuando Alma dijo esto último, me vino una angustia tan rara como raro era para mí que alguien de verdad tan hermoso no quisiera ser madre. Dios, ése siempre se encargará de todos modos de quitarnos aquello que perseguimos, en último momento, como una mala broma, todo termina por desarmarse y a esos que amamos, Dios, ése siempre se encargará de congelarles el corazón y dejarnos sometidos a su larga indiferencia. Me llevaré a la tumba esos nombres y esas cosas que anhelé con vehemencia para enrostrárselas a ése y decirle "toma". Entonces Absolutamente Fabuloso gritó como yo lo había visto hacer en televisión: Por qué no te resignas de una vez! Alma se levantó de la cama y se fue rauda al baño a llorar y a hablar consigo misma en voz muy alta, grave y lastímera. Me dio mucha vergüenza, pero después de largos minutos me atreví a replicar y le dije a Absolutamente: Creo que no es la forma de tratar a una mujer. Absolutamente Fabuloso rompió en una risa tan oscura, tan maligna y ajena, tan alocada y corroída y llena de sonido, una risa tan fuerte que salía de su boca como si saliera de un parlante, como si fuera un doblaje o algo de verdad no natural. Y antes de que yo empezara a decir las palabras que ya tenía en la punta de la lengua, Absolutamente me miró fijo, con odio necio y me dijo Cállate, pendejo.
Es mi Alma. Mía. Agregó dirigiéndose al baño.