$




Caminamos con alegría, vaya que sí, cuán contentos estábamos de habernos encontrado.
El cielo así, como el de esa noche, yo no lo había visto jamás. Las estrellas, ¡eran estrellas!, caían fugaces, los cometas, los asteroides, cuerpos celestes de fábula prendían el cielo con un detalle que sólo ése podría haber dispuesto. Y el recorte sagaz del bosque...

La lentitud acompasada y tranquila de nuestras miradas ante el paisaje y entre nosotros, era energía sonante que se hacía rotunda con el andar de nuestras pisadas en el bosque.
Crujía feliz la madera, salía la humedad que respirábamos hasta que el pulmón no podía más de alivio. Y cantaban los pájaros del bosque y saludaban con una amistad tan clara a Alcón que me daban ganas de pedirle que les enseñara a cantar mi nombre.
Y entonces el río. El río.

Alcón me obliga:
-Tenemos que meternos en la reunión.
-Nosotros no somos ni cerdos ni búhos.
-Solamente sígueme.


Y bajamos por un sendero pedregoso y más peligroso para mí que llevaba escuchando a la serpiente decirme todo el tiempo cosas como "resbaloso", "río caudaloso", "cráneo partido en dos". Pero el bueno de Alcón le iba respondiendo "oso", "oso" y "os". Y la serpiente definitivamente se iba enojando y comenzaba a tartamudear y a decir cosas sin sentido alguno.