Era de noche y una luna gris y redonda perforaba un cielo negro, negro, sin estrellas y sin nubes.
Era irreal, tan estático el aire.

Después de muchos meses caminando sur abajo, me encontraba en un bosque de verdad mágico.

El cansancio del cuerpo me hacía sentir muy bien, pero mi cabeza no dejaba de asustarme. De pronto, era como si se encendiera una luz en toda mi cabeza, por dentro de ella, y yo me quedaba encandilado y misterioso.
Entonces dudaba de si era con destino al sur adónde me había encaminado.

Los ruidos de ese bosque tenían ecos diferidos.
De yo tirar una piedra al agua, no se escuchaba luego un zambullido blando de agua, sino que la piedra entraba con un silbido eléctrico y segundos más tarde cuando la piedra ya estaba entrada en la poza, sonaba el zambullido que uno había echado de menos al tirar la piedra al agua.
Raro.
No era que me diera miedo. De alguna forma me daba paz encontrarme en un lugar por fin extraño, decididamente extraño. Y me convencí de relajarme aún más y ver qué seguía.

A pocos segundos de haberme dormido de espaldas con la cara al cielo y las manos palma arriba, me despiertan unas campanillas que sonaban débiles, dulces y distantes.
Y luego siento el olor a jazmín más cautivante que he sentido jamás. Preciso al centro de mí. Jazmín, dije. Y una voz de mujer rió traviesa en mi corazón.
Y me levanté seguro de que sabía de adónde era que venía ese sonar.
No sé por qué, pero me puse a correr, cada vez más rápido y más rápido mientras la música de las campanillas flotaba y se alejaba elásticamente al correr yo trás ella.
Entonces tropecé. Brúscamente. La música cesó.

Levanté la vista y sobre una montañita encarpada y azul había un castillo de cuento.
Sólo una de sus torres estaba iluminada.

Al acercarme pude darme cuenta de que la montañita era una colosa y tremenda piedra. Y de que el castillo no era menos además de surgir literalmente de la piedra, de salir de la misma roca.

Dos búhos blancos me sobrevolaron mientras comencé a treparme a un eucaliptus monumental próximo al castillo.
Al llegar a una altura más o menos equivalente a la ventana de la torre iluminada me senté en una rama y me comí el último chocolate que traía.
Entonces veo al fantasma. Era azul. Flotaba y lloraba de un lado para otro. Sé que lloraba, a veces se asomaba a la ventana de la torre, y aunque llevaba el rostro cubierto con una túnica como de telaraña, se llevaba la mano a la cara, a la altura de los ojos y soltaba largos gemidos que llenaban de niebla el entorno del castillo.

Nunca había visto un fantasma, pero me parecía evidente que éste lo era.

Los escalofríos que sentía eran sin duda, reconfortantes. Porque tener algo así, en frente de mí... era el mismísimo hades de mi imaginación, un más allá inmediato, aquí y ahora.
Y el fantasma flotaba con gracias y melancolía en esa habitación como de princesa, saben, toda celestosa, toda de mujer que va a ser desposada. Era una fantasma... al parecer.

Yo tenía la piel de gallina todo el tiempo, y cuando ya llevaba un par de buenas horas sobre el árbol escuché en mi cabeza una voz sin marcas, ni acentos, ni sexos, y quizás no era una voz sino dos o tal vez tres, decirme: "Ve y háblale".

Sin dudar me puse a negar francamente con la cabeza a fin de hacérmelo más claro.
"No, hablarle no", me decía muy convencido.
Y en eso, se presentó ante mí la princesa, quiero decir, la fantasma, y me sopló en la cara un polvo muy seco y amarillo que me hizo estornudar tan fuerte que caí desde esa altura hasta una zanja llena de agua que circundaba el castillo.

Y como no sé nadar comencé a ahogarme ciertamente, sin remedio, cuando para colmo el cielo había comenzado a deshacerse en una lluvia tupida que agitaba bravamente el agua de la zanja.

Y cuando ya me creía perdido, una gruesa ola me dejó a una mano de una caparazón rosada, como de tortuga gigante a la que me aferré con todas mis fuerzas mientras el oleaje me arrastraba circularmente alrededor del castillo, en sentido contrario a las manecillas de los relojes.

La caparazón de tortuga resultó ser una guarida ya que estaba hueca y tenía una capacidad de flotar asombrosa.
Me metí dentro y me mantuve ahí sentado en medio de ese espacio ensombrecido, pero cálido, que me salvaba de ahogarme.
Sentado así en el suelo me puse a pensar y a pensar en cómo salir de esa situación mientras el sonido de la lluvia sobre la caparazón se hacía cada vez más intenso, galopante y sugerente. En realidad ya empezaba a pensar en otras cosas, como en la fantasma, en el momento en que me había soplado ese polvo en plena cara, y me dio miedo al pensar que podía colarse en la caparazón y estar silenciosamente al lado mío, sin que yo la advirtiera.

Y de nuevo, los pelos de punta.
Me quedo frío y tieso.

Entonces la voz, esa que me había dicho que le hablara a la princesa, a la fantasma, dice dentro de mi cabeza, "Duerme",


Al despertar estaba otra vez encima de la misma rama de eucaliptus de entonces. Tenía el chocolate en la mano y en la ventana de la torre no había luz alguna.

Eso sí, llovía de los mil demonios, una lluvia que mojaba hasta los huesos, tanto que pronto me resbalé de la rama y me quedé sujetado de la mochila que se pescó de una rama más abajo.

Juro que eran baldes de agua, no cosa de gotas, lo que llovía.

Así, colgado, hecho un río, calculé que estaba a unos cinco metros de la tierra. Me animé a descolgarme con cuidado de no caer a la zanja y apuntarle a la tierra.
Y por suerte ahí caí esta vez.