Llovía intensamente cuando decidí marcharme de aquel sitio. Una vez fuera de ahí lo único en que pensaba mi mente era en ésa que se quedaba sola en esa fantástica estructura de piedra que se elevaba en el magnífico bosque. Al salir del área del castillo me topé de bruces con un caballo. Estaba ensillado. La montura era una de cowboys y al caballo lo llamé Random. Era una buena bestia, un animal tal cual. Al mirarlo a los ojos me resopló en la cara con energía. Era una buena señal. Nunca había andado a caballo. Pero a Random eso no le importaba en lo absoluto. Parecía muy seguro de por dónde era que avanzábamos. Y finalmente se detuvo en frente de una casa fabulosa. Era una casa de cazador. Una cabaña. Por el tubo de la chimenea salía humo y la lluvia me tenía ya tan empapado que salté del caballo y le dije que se fuera. Sabía que me quedaría un buen rato y a Random le gustaba vacilar. Toqué la puerta. Adentro sonaba Chopin. Después de tocar la puerta dos veces más y llamar con un "Hay alguien acá", nada más ni nadie menos que Absolutamente Fabuloso me abrió. Estaba completamente borracho, el olor a whisky le salía por los poros. Casi me emborracho yo también. Increíblemente el tipo me reconoció y no sin mareo me dijo al verme: "Eres tú el niño que mató a Vir". No quise hacerlo, pero mi cabeza asintió pesadamente. Absolutamente me invitó a entrar. Me dijo: "Pasa, niño". En ese instante sentí que en nada había servido el ejercicio realizado por más de un año en el tatami. Sentí que siempre sería así, pequeño, que nunca nadie me trataría con respeto, a la manera de un adulto, que nadie me diría "pase, señor", ni nada por el estilo. La cabaña era absolutamente fabulosa. De un lujo y un gusto impresionantes. Daban ganas de tirarse en alguna de esas alfombras y soñar por semanas. Irónicamente el hombre se sirvió un trago y me dijo, irónicamente también, "Tú no bebes, no es así, niño?" "No", respondí, porque es cierto. Pero ya llevaba tanta rabia encima que pensé en decirle "No, pero beso". Habría resultado de lo más ambiguo decirle eso. En un fantástico trofeo de caza vacío se le quedó pegada la vista al actor. Se sentó en el suelo y en una mesa de vidrio que le quedaba justo a la altura de la nariz, se puso a enfilar largas y gruesas filas de cocaína. Luego de inhalarlas comenzó a monologar maravillosamente de los cuadros por segundo. Decía, insistía en la resolución de la vista bajo el efecto de esa droga. Del efecto sorprendente que tenía la cocaína en su mente, de la gloria que era sentirse así de vigoroso y de decir cosas de verdad tan inteligentes. Por fin me miró y me preguntó, volviendo a fijarse después con una melancolía fingida en el trofeo vacío: "Sabes qué debería estar colgado ahí?". "Su propia cabeza, me imagino", contesté con cierta hombría clásica. "Veo que me conoces más de lo que deberías, niño. Pero no, no es mi cabeza la que debería estar colgada ahí como una maceta. Es la cabeza de mi peor enemigo, desgraciadamente ya no hay enemigos como antes". Ah, creo que comprendí perfectamente lo que el actor quiso decir. Una energía vibrante como de motosierra sacudió el bolsillo de la fina chaqueta que llevaba el actor. Sacó un celular de adentro y contestó flemáticamente, con cierta declinación suicida incluso. Quién es? Era Alma. En el castillo. A unos cuantos kilómetros de ahí. En ese instante yo ni podría haberlo sospechado. Y cuando el actor contestó el teléfono y la voz de Alma emergió eléctrica por el parlante del celular del actor, nada de emoción surgió en mí porque la voz de Alma pasada por la tormenta de esa noche que llegaba sórdida, amnésica y lenta no era la voz de esa Alma que me había hablado de sus células en la cabina de su auto. El actor tapó el parlante del teléfono con la mano, me cerró el ojo y con una expresión loca y demencial me dijo: "Voy a tener que salir, volveré en cosa de minutos. Estás en mi casa". Y se fue. A la media hora de quedarme solo en esa casa asombrosa, me entraron unas ganas feroces de romper todo lo que veía en ella. En serio, quería doblar a patadas cualquier cosa. Pero resistí. Y con soberbia mirada me puse a repasar cuadro a cuadro todo lo que estaba contenido en la casa del actor. Fue entonces cuando la serpiente despertó. Por casi dos años parecía haber caído en un letargo profundísimo. Respiraba cada largos ratos y al hacerlo solía inflarse cortando un poco la circulación de mi brazo derecho. Al despertar abrió la mandíbula en cerca de 180 grados, hizo un chillido muy agudo y esta vez con voz de mujer me preguntó "tienes algo para comer" La luz de la chimenea le daba en toda la cara de reptil. Una sombra perpleja y azul le caía en el resto del cuerpo. A mí se me había olvidado totalmente la expresión de aquellos ojos de serpiente y ahora que volvía a mirarme con esa petrificada indiferencia no me quedaba más que hacerle caso. En verdad algo de miedo le tenía. En uno de los refrigeradores encontré una docena de huevos de colibrí y con mucha delicadeza se los fui dando de tragar. Estaba hambrienta. Luego de comérselos todos me miró un buen rato y comentó para sí misma "Estás igual que antes" y se quedó dormida. Yo también y esta vez tuve un sueño que de verdad dejó por varios días a mi corazón en suspenso. Estaba yo suspendido en un puente colgante que unía dos puntas majestuosas de montañas negras e implacables. Sereno miraba hacia abajo con el espíritu de suicidarme. Sentía en mi espalda un cansancio infinito y me era imposible no dejar que mis ojos me mostraran la penumbra de ese vacío magnífico .En eso, mis manos se me sueltan de los brazos y se hacen pesadas antes, de una forma que antes yo no sabía las manos podían tener. Pero eso no es nada comparado con la sensación que tuve después... mi corazón comenzaba un latido de acero, una cosa imposible, mi corazón ritmo de batería, con un compás que me daba inspiración tal que me imaginaba una mujer que era tan bella, tan hermosa, tan madre que yo me enamoraba en el acto, así de frentón, me quedaba mirándola y era imposible ver algo tan bello |