capítulo 3capítulo 5



IV.

Alma habría de encontrarme por casualidad en la mitad de un centro comercial. Era martes por la mañana y ya habían transcurrido dos meses exactos desde el día cuando conocí a Absolutamente y a Vir.

Vestía un abrigo largo de serpiente. La seguí sin que se diera cuenta. Entró en una tienda de ropa y salió dos horas más tarde. Esperé sintiéndome enano.

Al verme sonrió y enrojeció levemente, pero pudo haber sido cualquier otra cosa, no yo.

-Antes no venía a estos moles espantosos, pero la cosa ha crecido, no hay cómo evitarlos- y de pronto, de súbito, sin más, me dio un beso en la cara y me revolvió el pelo como si yo fuera un muñeco.- Ese brazalete que llevas es tan…- y me miró fijo- ¿de dónde lo sacaste?

Le dije que no lo recordaba. Sé que mentí, pero es una historia muy rara para llegar y contarla así, en medio del centro comercial. Además ella era la que había botado el huevo; eso era lo más raro: botar un huevo. Le dije:

-No lo recuerdo.

-Eres muy guapo, muy niño y no lo sabes. Te paras como un militarcito en frente de mí, eres chiquito y estás inspirado- sonrió y su rostro se iluminó azul- Napoleoncito, eres una monada.

Por su puesto que esto me hizo enrojecer y transpirar. Ella se daba cuenta.

-Vamos, te invito un café.

Y aunque no tomo café, obedecí, asentí, dije “sí, sí”.

Caminar con ella a través del centro comercial era “cósmico”, si se me permite adjetivar. Las vitrinas brillaban, los espejos nos reflejaban amplios y altos, las personas andaban como por sobre el suelo, la música ambiental sonaba eterna.

Llegamos al Volvo. La línea del auto era perfecta. La mujer desbloqueó las puertas, se montó en el coche, mordió su labio, encendió el motor.

-Con plata se compran huevos- puso en la mano del estacionador de autos un billete azul. Yo le dije que era muy generosa y ella nada, no hizo caso.



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