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Alma, cuánto más podría hacer para que creyeras en mí, y que no me vieras como a un niño, como a un pedazo pueril y fatal que te persigue y que te sueña más allá de mí mismo- susurré en su oído de cierta materia. Y como ella no podía escucharme seguí- En la eternidad donde nadie es alguno y todos somos como somos en la desnudez de nuestra propia luz, cuánto de mí podría tocarte con fuerza, hacerte mi refugio, el descanso puro de mis sueños. Que tú y que yo juntos fuéramos más fuertes que las órbitas obvias y que la misma fuerza de la gravedad. Sentir contigo la certidumbre de la muerte y más allá de mí, la ciencia de la paz que se respira estando cerca de ti, pedazo del mundo supremo, esperanza de toda mi esperanza, belleza suprema que experimento en esta muerte donde sólo te contemplo como a un fantasma, donde tus ojos en REM me miran en oscuro aliento. Es tu suspiro, eterna aristocracia de caballos, mi fortuna más cierta, mi cumbre más limpia, mi océano en niebla eterna. Qué puede haber después de ti, Alma, quién podría destronarte en mi consuelo, acaso la necia insomnia de los otros que acomplejan, será que habré de escuchar el sórdido rumor de no amor que se me auspicia, bella Alma, ahora que en tus brazos invisibles me hago carne, ahora que me estrechas sin saberlo, no habré de renunciar jamás a la sublime presencia que en tus brazos alberga esta alegría de saberse coexistente a tu metafísica, a tu cuerpo de mujer madura y avellana y gacela, amor era la palabra que buscaba hasta que de pronto, sin más, salió de mi boca como un mojamiento de la boca, como un éxtasis del intelecto, como un hongo que de viejo sabe lo que dice y se hace tan cierto al aire que la música lo asiste y lo agiganta, quién podría quitarme el amor por ti, Alma, que ni Fabuloso, que ni el mismo fantasma de Vir me podrían atormentar, porque a mí, en definitiva, nada me frena en amarte, Alma, en esperar por siempre, en ser tan militar en el asunto, nadie me va hacer renunciar a ti, ni la muerte ni el hastío. Ahora que duermes conmigo, sin saberlo, sé cuán profunda es esta condena de pétalos y sombras, pero a mí nadie me quita el olor de mis sueños, mi Alma, inseparable de mí, por más que todos, hasta tú, quisieran
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